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La casa del Juez

Bram Stoker

Cuando llegó la época de sus exámenes, Malcolm Malcomson se decidió de repente a marchar a un lugar retirado, con el fin de poder estudiar con tranquilidad. Temía la atracción de las poblaciones costeras y también el aislamiento completamente rural. De las primeras conocía sus encantos. Determinó, pues, buscar un pueblo sin pretensiones, donde nadie ni nada pudieran distraerle.

Como es natural, se abstuvo de preguntar acerca de nombres ni de lugares a sus amigos, puesto que todos le recomendarían con seguridad sitios ya conocidos por él. Y, lo que era peor, por aquéllos. Malcomson deseaba evitar las amistades, pues no quería que nadie le molestase en sus estudios. Por eso decidió buscar él mismo el lugar. Llenó una maleta con algunas prendas y todos los libros que necesitaba, y adquirió un billete para el primer nombre del horario de salidas que vio en la estación.

Cuando al cabo de un viaje de tres horas se apeó en Benchurch, sintióse satisfecho de haber borrado su rastro por completo y de hallarse en un sitio donde podría estudiar con toda tranquilidad. Luego dirigióse directamente a la única posada de aquella adormilada aldea, y se dispuso a pasar allí la noche. Benchurch era un pueblo con mercado, por lo que una vez cada tres semanas se veía sumamente atestado de gente, aunque el resto del mes resultaba tan vacía como un desierto.

Al día siguiente de su llegada, Malcolm empezó a buscar un alojamiento todavía más aislado que la posada, la cual se llamaba «Al buen viajero». Sólo una casa llamó su atención y satisfizo su idea de soledad: en realidad, soledad y quietud no eran los términos más apropiados para definirla, ya que el más adecuado seria desolación y no aislamiento. Era un edificio vetusto, decaido, de estilo jacobita, con pesados aleros y ventanas, usualmente pequeñas, más elevadas de lo normal en las demás casas del pueblo, muchas de las cuales estaban casi a ras del suelo, y rodeado por una tapia de construcción maciza.

Tras un examen más detenido, le pareció más una morada fortificada que una mansión ordinaria. Fue todo esto lo que mas le gustó a Malcolm. "Aqui, pensó, tendré la verdadera oportunidad de estudiar. Aqui seré feliz. Si, ésta es la casa que andaba buscando"... Su alegria aumentó cuando supo, con certeza, que la casa no estaba habitada.

En Correos se enteró del nombre del agente, quien raras veces se veia sorprendido por una solicitud relativa a la vieja casona. El señor Carnford, el agente y abogado local, era un caballero de cierta edad, que confesó encantado que hacia mucho tiempo que nadie deseaba alquilar aquella mansión.

-A decir verdad -añadió-, habria llegado, en favor de sus propietarios, a alquilarla gratis al menos durante un año, con el fin de que la gente se acostumbrase a verla habitada. Lleva tanto tiempo vacia, que se ha creado incluso cierto prejuicio. Es posible que su ocupación lo destruya..., aunque esté ocupada -agregó con una timida mirada al aspecto de Malcolm- por un sabio como usted, que desea calma y tranquilidad para sus estudios.

Malcolm juzgó innecesario preguntarle al agente cuál era el prejuicio... Sabia que conseguiria mejores informes respecto al tema, si los precisaba, por boca de otras personas. Abonó tres meses de renta, se guardó el recibo, y anotó el nombre de una mujer que seguramente haria las faenas de la casa. Luego, se marchó con las llaves en el bolsillo.

Se dirigió en busca de la patrona de la posada, persona muy amable y simpática. y le pidió consejo sobre las tiendas y las provisiones que podria necesitar. Ella levantó las manos hacia el techo cuando él le contó adónde iba a alojarse.

-¡No en la Casa del Juez! -exclamó aterrada.

Malcolm le explicó las ventajas de aquella casa para él, añadiendo que ignoraba su nombre. Cuando terminó su exposición, ella le contestó:

-Si, seguro..., seguro que es la misma. Seguro que es la Casa del Juez.

Malcolm le preguntó gentilmente qué pasaba con semejante lugar, por qué le llamaban de aquel modo y qué tenian en contra del mismo.

La mujer respondió que asi llamaban a la casa porque muchos años antes (ignoraba cuánto tiempo, puesto que ella era de otra parte del pais, aunque pensaba que se trataba de más de cien años) habia sido la morada de un juez a quien todos temian a causa de sus terribles sentencias y su hostilidad a los presos. Respecto a lo que hubiera en contra de la casa, lo ignoraba también. A menudo lo habia preguntado, pero nadie le habla informado; aunque existia la impresión general de un "algo". Por su parte, ni por todo el dinero del Banco de Drinkwater permaneceria una sola hora en aquella casa. Después, se disculpó con Malcolm por aburrirle con su charla.

-Opino -concluyó diciendo- que, para un joven caballero como usted, no es bueno que viva alli tan solo. Si usted fuera mi hijo, y perdóneme por decirle tal cosa, no dormiria alli esta noche, ni ninguna, claro. aunque tuviese que ir en persona a tocar la señal de alarma que hay en el tejado.

La buena mujer estaba tan preocupada, y era tan amable en sus intenciones, que Malcolm, aunque interiormente divertido, sintióse emocionado. Asi, respondió que le agradecia sus buenas intenciones y añadió:

-Mi querida señora Witham, no tiene por qué preocuparse por mi. Un hombre que estudia matemáticas superiores no tiene tiempo para ocuparse de cosas misteriosas. Su tarea es demasiado exacta y meticulosa y también prosaica para permitir que ningún rincón de su cerebro se dedique a especulaciones misteriosas de cualquier clase. Las progresiones armónicas, las permutaciones y las combinaciones, aparte de las funciones elipticas, ya suponen bastante misterio para mi -agregó riendo.

La señora Witham se ofreció para adquirir cuanto él necesitase, y Malcolm se marchó a visitar a la mujer de faenas recomendada por el agente.

Cuando volvió con ella a la Casa del Juez, al cabo de dos horas, vio que la señora Witham ya le aguardaba con varios hombres y chicos portadores de bultos y paquetes, asi como el mozo de un tapicero que llevaba una cama en una carreta, pues, según dijo la mujer, aunque las sillas y las mesas estuviesen en buen estado, una cama que no se había aireado en más de cincuenta años, no era lugar apropiado para unos huesos juveniles. Evidentemente, la señora Witham tenía curiosidad por visitar el interior de la casa, y aunque era manifiesto que temía «algo», pues al menor ruido se agarraba fuertemente a Malcolm, de quien no se apartaba ni un solo instante, examinó todo el lugar.

Tras la visita a la casa, Malcolm decidió instalarse en el inmenso comedor, que podía satisfacer todas sus necesidades; y la señora Witham, con la ayuda de la señora Dempster, que así se llamaba la «interina», procedió a efectuar los arreglos necesarios. Cuando hubieron desenvuelto y vaciado todas las cajas, Malcolm comprendió que la señora Witham había sido previsora en extremo, pues las provisiones al menos eran para una semana. Antes de marcharse, ella le deseó mucha suerte. Y ya en la puerta se volvió y le espetó:

-Tal vez, señor, el comedor resulte excesivamente grande para usted, y además, habrá quizá corrientes de aire, por lo que sería conveniente que instalara alrededor de su cama, al menos por las noches, una cosa de esas que se llaman... biombos; aunque, a decir verdad, antes me moriría que estar encerrada dentro de uno de esos objetos, con todas esas cosas... que asoman la cabeza por todas partes... incluso por arriba... podrían mirarme...

El panorama que ella misma acababa de evocar fue demasiado para sus nervios, y huyó velozmente de allí.

La señora Dempster resopló con aires de superioridad cuando desapareció la otra mujer, y observó que por su parte no temía a ningún duende del reino.

-Le diré una cosa, señor -continuó-: los duendes son muchas cosas, muchas... menos duendes. Ratas y ratones, y también avispas o cucarachas; puertas que crujen, tejas sueltas, vidrios rotos, manijas y tiradores flojos en las cómodas... que a veces caen por la noche. Fíjese en el artesonado de esta habitación. ¡Tiene unos cien años de antigüedad! ¡Imagínese las ratas y cucarachas que habrá ahí dentro! Y usted no ve nada. Las ratas son los duendes, se lo aseguro, y los duendes son las ratas. ¡ Y no crea otra cosa!

-Señora Dempster -replicó Malcolm con gravedad, con una ligera inclinación cortés-, sabe usted más que un sabio auténtico. Y permítame decirle, como signo de estimación hacia su indudable bondad de corazón y buen juicio, que cuando yo me vaya, le cederé la posesión de esta casa, donde podrá usted vivir al menos dos meses, puesto que la he alquilado por tres y a mi me bastará para mis estudios con cuatro semanas a lo sumo.

-Muchas gracias, señor -repuso ella-, pero no podría dormir ni una sola noche fuera de mi propio lugar. Yo vivo en la Greenshow's Charity, y si durmiera una sola noche fuera de mi habitación, la perdería. En esa casa de beneficencia las reglas son muy estrictas; y hay demasiadas personas que aguardan una vacante para arriesgarme a perder mi cama. Aunque le aseguro, señor, que me encantará servirle en cuanto sea menester durante su estancia aquí.

-Mi buena mujer -observó Malcolm rápidamente-, he venido aquí en busca de soledad y aislamiento, y créame que le estoy agradecido al difunto Greenshow por haber organizado una casa de beneficencia de forma tan admirable, pues de este modo me veo frustrado en la oportunidad de experimentar esta forma de tentación. El mismo San Antonio no habría podido ser más rígido en este punto.

-Ah, ustedes los jóvenes -rió la mujer-, no temen nada, y estoy segura de que aquí logrará gozar de la soledad que tanto anhela.

Tras estas palabras se dedicó a sus quehaceres domésticos, y al atardecer, Malcolm regresó de un paseo (siempre iba provisto de uno de sus libros cuando salía), encontrando el comedor barrido y fregado, el fuego en el hogar de la chimenea, la lámpara encendida, y la mesa dispuesta para la cena con los excelentes víveres adquiridos por la señora Witham.

-¡Bravo! -exclamó Malcolm, restregándose las manos-. Esto es comodidad.

Cuando terminó de cenar, llevó la bandeja al otro extremo de la inmensa mesa, cogió de nuevo los libros, añadió leña al fuego, redujo la luz de la lámpara y se dispuso a estudiar profundamente. Continuó sin descanso hasta las once, momento en que volvió a avivar el fuego y reanimar la mortecina lámpara, mientras se hacía una taza de té. Siempre había sido bebedor de té, y durante su vida universitaria había gustado todas las noches de una taza antes de acostarse.

Aquel descanso fue un gran lujo que disfrutó con una sensación de voluptuosa delicia. El reanimado fuego chisporroteó y llameó alegremente, produciendo enormes sombras en la vasta estancia. Mientras tomaba el té soñó con el sentido de aislamiento que más le gustaba. Fue entonces cuando observó por vez primera el ruido que hacían las ratas.

«Seguramente, se dijo, no lo han hecho mientras estudiaba, de lo contrario me habría fijado.»

Cuando el ruido fue en aumento, estuvo seguro de que acababa de empezar. Era evi4ente que las ratas se habían asustado ante la presencia de un desconocido, ante la luz del fuego y la lámpara; mas con el paso de las horas había aumentado su osadia y ahora disfrutaban de su ocupación favorita.

¡Qué atareadas estaban! ¡Qué ruidos más extrafios! Arriba y abajo por dentro del artesonado, por el techo y bajo el suelo, correteaban a más y mejor, royendo, arafiando... Malcolm sonrió al recordar las palabras de la sefiora Dempster: "¡Las ratas son los duendes, se lo aseguro, y los duendes son las ratas!".

El té empezaba ya a ejercer su estimulo intelectual y nervioso, y Malcolm previó con alegría otras largas horas de trabajo antes de dar por terminada la jornada. Con el sentido de seguridad que aquel brebaje le daba, se permitió echar un buen vistazo a la habitación. Cogió la lámpara con una mano y dio una vuelta, preguntándose por qué una casa tan estupenda y antigua estaba tan descuidada. El labrado del roble en las tallas del artesonado era excelente, y todas las puertas y ventanas poseían gran mérito. En los muros habla algunos cuadros antiguos, aunque estaban tan polvorientos y sucios que era imposible distinguir el menor detalle, a pesar de levantar la lámpara cuanto la longitud de su brazo le permitió. Aqui y allá habla algún agujero o grieta taponado momentáneamente por el morro de una rata, con sus brillantes ojillos relucientes a la luz, pero al instante desaparecian, sucediendose entonces un correteo y un chillido.

Lo que más le asombró, no obstante, fue el cordón de la gran campana de alarma del tejado, que colgaba en un extremo de la habitación, aliado derecho de la chimenea. Malcolm acercó un sillón al caliente hogar y sentóse para saborear una última taza de té. Poco después atizó el fuego y prosiguió con su trabajo, sentado a una esquina de la mesa con el fuego a su izquierda. Durante un rato, las ratas le molestaron con sus constantes correrias, pero se acostumbró a aquel ruido lo mismo que la gente se acostumbra al tictac de un reloj o al rumor del agua corriente; tan inmerso estaba al fin en su estudio que todo lo del mundo, excepto el problema que trataba de solucionar, no existia para él.

De pronto, levantó la cabeza, con el problema aún sin resolver, intuyendo en el aire aquella sensación de la hora que precede al amanecer, tan temible para una vida que se extingue. El ruido de las ratas había cesado. Bien, a él le pareció que había cesado recientemente. Y fue el cese de todo ruido lo que más le había perturbado.

El fuego estaba muy bajo, aunque todavía dejaba esparcir un débil resplandor rojizo. Al levantar la cabeza, Malcolm se extremeció a pesar de su sangfroid.

Encima del enorme sillón de roble tallado, colocado en el lado derecho de la chimenea, habla una rata enorme, que le contemplaba fijamente con ojillos llenos de odio. Malcolm hizo un ademán para ahuyentarla, pero la rata no se movió. Luego, fingió tirarle algo. La rata siguió inmóvil, aunque enseñó sus puntiagudos dientes, y sus crueles ojillos brillaron a la luz de la lámpara con mayor odio aún.

Malcolm sintióse aturdido, y cogiendo el atizador de la chimenea se aprestó a matar al animal. Sin embargo, antes de que pudiese golpearlo, la rata, con un chillido que pareció toda la concentración de su odio, saltó al suelo y trepando por el cordón de la campana de alarma desapareció en la oscuridad, más allá del alcance del cono de luz de la lámpara de pantalla verde. Instantáneamente, y de manera muy extraña, las ratas del artesonado volvieron a reanudar sus ruidos.

Por entonces el cerebro de Malcolm no estaba ya concentrado en el problema de matemáticas, y como el canto del gallo le anunció que estaba amaneciendo, se fue a la cama, donde no tardó en dormirse.

Dormia de manera tan profunda, que ni siquiera se despertó cuando la señora Dempster entró en la habitación. Sólo cuando ella hubo barrido, tuvo listo el desayuno y tabaleó sobre el biombo que encerraba la cama, despertó Malcolm. Estaba un poco cansado por la noche de trabajo tan duro, pero la taza de té cargado le refrescó y despabiló, por lo que, cogiendo el libro, salió a dar un paseo matutino, llevándose unos bocadillos puesto que no pensaba regresar hasta la hora de cenar.

Encontró un sendero desierto entre unos olmos, fuera de la población, y alli pasó la mayor parte del dia estudiando su Laplace. Al regreso entró en la posada para saludar a la señora Witham y agradecerle todas las molestias que se había tomado. Cuando ella le vio a través de la cristalera de su despachito, se apresuró a salir para darle la bienvenida. Luego le miró fijamente, con ojos escrutadores, sacudió la cabeza y exclamó:

-Trabaja usted demasiado. Está muy pálido esta mañana. Se acuesta muy tarde y su cerebro se fatiga en exceso, y esto no es bueno para ningún joven. Digame, ¿qué tal ha pasado la noche? Supongo que bien, claro. Pero, le aseguro, señor, que me alegré cuando la señora Dempster me contó esta mañana que cuando ella lleg6 a su casa, usted dormía como un leño.

-Oh, lo he pasado muy bien -repuso él, sonriendo-. Ese «algo» todavía no me ha molestado. Sólo las ratas, y se lo aseguro que corren por todas partes. Vi una que parecía un verdadero diablo, sentada en mi sillón de la chimenea, y no huyó hasta que la amenacé con el atizador. Entonces, trepó por el cordón de la campana de alarma y se metió por la pared o el techo... No pude verlo bien pues aquello estaba muy oscuro.

-¡Dios se apiade de nosotros! -se asustó la señora Witham-. ¡Un diablo sentado en su sillón de la chimenea! ¡Tenga cuidado, señor, tenga cuidado! Los rumores siempre tienen algo de verdad.

- ¿ Qué quiere decir? Le aseguro que no la comprendo.

-¡Un diablo...! Ah, quizás el demonio... No, no se ría, señor -añadió la buena mujer, puesto que Malcolm habia prorrumpido en una estrepitosa carcajada-. Los jóvenes siempre se ríen de lo que extremece a los viejos. Ah, no importa, señor, no importa, y ojalá pueda usted seguir riendo toda la vida. ¡Es lo único que realmente le deseo!

La patrona de la posada, por unos instantes, gozó con las risas de Malcolm, olvidando momentáneamente sus temores.

-Oh, perdone -dijo de pronto el joven estudiante-. No crea que soy un necio, pero sus palabras me hicieron reir... ¡Vamos, creer que el diablo en persona estuvo anoche sentado en mi sillón de la chimenea...!

Ante tal pensamiento, el joven volvió a reír. Después, se marchó a su casa para cenar.

Aquella noche, las ratas empezaron a hacer ruido mucho más temprano; en realidad, lo hacían ya antes de su llegada, y sólo cesó cuando hizo su entrada como si su presencia las molestase. Después de cenar, Malcolm sentóse unos momentos ante el fuego para fumar un cigarrillo; y después, tras quitar los platos y la bandeja de la mesa, empezó a estudiar nuevamente.

Aquella noche, las ratas le molestaron más que la anterior. ¡Cómo correteaban y roían arriba y abajo, abajo y arriba! ¡Cómo chillaban, cómo arañaban, cómo roian! Tomándose más atrevidas por momentos, se asomaban por los agujeros del artesonado, por las grietas, por los resquicios, por las ensambladuras, y sus ojillos relucían como luciérnagas cuando las llamas de la chimenea se elevaban y decaían. Sin embargo, para Malcolm, sin duda ya acostumbrado a ello, aquellos ojillos no eran malvados, y los juegos rateriles más bien le conmovían. A veces, las más atrevidas saltaban al suelo o corrían por las molduras del techo. De cuando en cuando, si le molestaban con exceso, Malcolm hacía algún ruido para asustarlas, golpeando la mesa con una mano o siseando, con lo cual todas regresaban despavoridas a sus escondrijos.

Así transcurrió la primera parte de aquella noche, y a pesar del ruido, Malcolm logró absorberse por completo en su trabajo.

De pronto, levantó la cabeza, como la noche anterior, casi abrumado por el súbito silencio. No se oía el menor ruido, el menor arañazo, el menor chillido. Reinaba un silencio de tumba. Malcolm se acordó de lo ocurrido la noche anterior e instintivamente miró hacia el sillón que estaba junto a la chimenea. Entonces se vio sobrecojido por una extraña sensación.

Sentada en el sillón de madera de roble se hallaba la misma rata enorme, contemplándole fijamente con sus odiosos ojillos.

Instintivamente, el joven cogió lo que más a mano tenia, un libro de logaritmos, y se lo arrojó. El libro no estuvo bien apuntado y la rata no se movió, de modo que Malcolm repitió la operación de la noche anterior con el atizador; la rata, al verse de nuevo perseguida de cerca, trepó por la cuerda de la campana de alarma. Cosa extraña: su marcha fue seguida instantáneamente por la reanudación de los ruidos a cargo de la comunidad rateril.

En esta ocasión, como en la anterior, Malcolm no logró distinguir por dónde había desaparecido la rata, pues la pantalla verde de la lámpara dejaba en tinieblas la parte alta de la estancia, y el fuego estaba bastante bajo.

Cuando consultó su reloj, MaIcolm vio que era casi medianoche; y sin lamentar el divertissement, atizó el fuego y sirvióse su té nocturno. Había trabajado mucho y pensó que tenía derecho a un cigarrillo de modo que tomó asiento en el sillón, delante del fuego, dispuesto a gozar del humo del tabaco.

Mientras fumaba empezó a pensar que le gustaría saber por dónde había desaparecido el animal puesto que tenía cierta idea para el día siguiente, relacionada con una trampa para ratas. De acuerdo con su idea, encendió otra lámpara y la colocó de modo que iluminara bien el rincón de la derecha de la chimenea. Luego, reunió todos sus libros y los colocó cerca de su alcance, para poder arrojarlos contra el roedor. Finalmente, levantó la cuerda de la campana de alarma y dejó su extremo encima de la mesa, fijándose debajo de la lámpara verde. Al manejarla, observó que era muy flexible y muy fuerte, aparte de no estar desgastada ni raída en absoluto.

"Sería posible colgar a un hombre con esto.., pensó".

Sigue


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