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Terminados los preparativos, miró a su alrededor y se dijo muy complacido:
"Y ahora, amiguita, creo que esta vez sabré tu secreto".
Se absorbió de nuevo en sus problemas, y aunque al principio le molestó algo el ruido de las ratas, no tardó en quedar sumido en sus proposiciones y problemas matemáticos.
Otra vez se vio arrancado de sus estudios de manera repentina. No era ya solamente el profundo silencio que le rodeaba lo que le había distraído, sino un leve movimiento de la cuerda, que hacía oscilar la lámpara.
Sin moverse, levantó la vista para ver si el montón de libros estaba a su alcance, y paseó la mirada a lo largo de la cuerda.
Entonces vio cómo la rata saltaba de la cuerda al sillón, y permanecia sentada, observándole. Malcolm levantó un libro con la mano derecha, y apuntando cuidadosamente, se lo tiró a la rata. Esta, con un rápido movimiento, saltó a un lado y esquivó el proyectil. Entonces, el joven cogió otro volumen, y un tercero, y los arrojó uno tras otro contra el roedor, siempre sin fortuna. Al fin, al levantarse con un cuarto libro en la mano, la rata chilló y pareció asustada.
Esto hizo que Malcolm deseara más que nunca tirarle el libro, que esta vez golpeó a la rata con un ruido sordo. El animal chilló horriblemente, y lanzando contra su enemigo una espantosa mirada malévola, corrió por el respaldo del sillón y dio un enorme salto hacia la cuerda, trepando por ella como el rayo. La lámpara se balanceó bajo aquel súbito impulso, mas como era muy pesada, no volvió. Malcolm mantuvo sus ojos fijos en la rata, y a la luz de la segunda lámpara vio que aquélla saltaba hacia una moldura del artesonado y desaparecia por un agujero de uno de los grandes cuadros que colgaban del muro, oscurecidos, invisibles bajo la capa de mugre y polvo.
-Por la mañana buscaré la guarida de mi amiguita -murmuró el estudiante, recogiendo sus libros-. El tercer cuadro a partir de la chimenea. No lo olvidaré.
Iba cogiendo los libros uno a uno, comentando sus titulos al levantarlos.
-Secciones cónicas no le ha hecho nada, ni Oscilaciones cicloidales, ni los Principios, ni Cuaternarias ni la Termodinámica. ¡Ah, este es el libro que la obligó a huir!
Malcolm lo cogió y lo miro. Fue entonces cuando sufrió un terrible sobresalto y por su rostro se extendió una súbita palidez. Miró asustado a su alrededor y tembló ligeramente, al tiempo que murmuraba:
-¡Dios mío! ¡La Biblia que me dio mi madre! ¡Qué extraña coincidencia!
Sentóse de nuevo a estudiar, y las ratas reanudaron sus juegos. No le molestaban, sin embargo; al contrario, su presencia parecia hacerle compañía. No obstante, se vio incapaz de concentrarse en su trabajo, y tras luchar un rato con uno de los problemas, cerró el libro con desesperación y se marchó a la cama, en el momento en que por la ventana penetraban las primeras luces del alba.
Durmió pesadamente, aunque con inquietud, y soñó mucho. Cuando la señora Dempster le despertó ya algo tarde, Malcolm parecia algo enfermo, y durante unos instantes no recordó exactamente dónde estaba. Su primera petición sobresaltó a la señora Dempster.
-Señora Dempster, mientras yo esté hoy fuera, quisiera que limpiara completamente, lo mejor posible, esos cuadros..., especialmente el tercero después de la chimenea. Quiero ver qué representan.
Por la tarde, Malcolm estuvo ocupado con unos libros en el sendero de los olmos, y a medida que transcurría el día iba sintiéndose tan calmado y contento como el día anterior, progresando de modo satisfactorio en sus estudios. Consiguió resolver algunos de los problemas que más le preocupaban, y cuando visitó a la señora Witham en la posada, lo hizo en un estado de júbilo.
En el comedor, junto con la dueña, encontró a un forastero, a quien aquélla le presentó como el «doctor Thomhill». La mujer parecia algo angustiada, y esto, combinado con las preguntas que el doctor Thomhill no tardó en dirigirle al joven, hicieron que éste llegara a la conclusión de que su presencia allí no era casual.
-Doctor Thomhill -exclamó Malcolm de pronto, sin más preámbulos-, contestaré de buen grado a sus preguntas si antes responde usted a una mía.
El doctor pareció sorprendido, pero sonrió y repuso al momento:
-De acuerdo. ¿De qué se trata?
-¿Le ha pedido la señora Witham que viniera a verme y aconsejarme?
El doctor Thomhill permaneció un instante como cortado, y la señora Witham enrojeció y se retiró al instante. Pero el doctor era un hombre leal y sincero, y respondió francamente:
-Efectivamente, aunque no quería que usted lo supiera. Supongo que mis preguntas tan apresuradas se lo han hecho sospechar. La señora Witham me dijo que no le gustaba la idea de que viviera usted solo en aquella casa, y además cree que toma usted el té demasiado fuerte y en cantidades excesivas. En realidad, desea que le aconseje que tome menos té, y se acueste más temprano. También yo fui estudiante, por lo que supongo que puedo tomarme la libertad, en mi calidad de colega suyo, de aconsejarle en estos términos, y no como si fuese un desconocido.
Malcolm sonrió alegremente y extendió la mano.
-¡Chóquela!, como dicen en América -exclamó-. Le agradezco su franqueza, y también la amabilidad de la señora Witham, que merece algo de mi parte. Bien, prometo no tomar más té fuerte... En realidad, ni fuerte ni flojo. Y que me acostaré todas las noches a la una como más tarde. ¿De acuerdo?
-¡Magnífico! -dijo el doctor Thornhill-. Y ahora, cuénteme qué ha observado en aquella casona.Malcolm pasó entonces a relatar minuciosamente todo lo ocurrido en las dos noches precedentes. De vez en cuando se veía interrumpido por una exclamación de la señora Witham, que habia vuelto al comedor. Cuando finalmente él relató lo referente a la Biblia arrojada a la rata, estuvo a punto de desmayarse, y no se recobró hasta haberse tomado una copa de coñac y agua. El doctor Thornhill escuchaba el relato con suma gravedad, y cuando el joven terminó y la señora Witham se hubo recuperado por completo, preguntó:
-La rata siempre trepa por la cuerda de la campana de alarma, ¿verdad?
-Siempre.
-Supongo que ya sabe -musitó el doctor tras una pausa- qué es esa cuerda.
-No.
-Es -explicó lentamente el doctor- la cuerda que el verdugo usaba para todas las victimas del rencor judicial del Juez.
Se vio interrumpido por otro grito de la sefiora Witham, y tuvieron que tomar varias medidas, entre ellas otra copa de coñac, para reanimarla. Tras consultar Malcolm su reloj, viendo ya que era la hora de cenar, se marchó a su casa antes de que la buena mujer se recobrase del susto.
Cuando se recobró, la dueña de la posada asaltó al doctor con toda clase de preguntas, acusándole además de imbuir ideas estúpidas en la mente de Malcolm.
-¡Con lo que le ocurre ya tiene bastante para inquietarse! -añadió.
-Mi querida señora -replicó serenamente el doctor-, se lo dije con un propósito definido. Deseaba llamar su atención hacia la cuerda de la campana. Es posible que ese joven esté un poco excitado y que haya estudiado demasiado. Aunque diría que es un muchacho sano, tanto mental como fisicamente, no me gustaron sus explicaciones sobre los episodios de la rata y la sugerencia diabólica -el doctor movió la cabeza y continuó-. Me habría ofrecido a pasar esta noche en su casa, pero creo que lo habría considerado como una ofensa. Es posible que esta noche sufra un gran susto o una alucinación, y en ese caso puede tirar de la cuerda. De este modo nos avisará y llegaremos a su lado antes de que le suceda nada. Esta noche estaré levantado hasta muy tarde y mantendré bien abiertos los oidos. No se alarme si tenemos una sorpresa en Benchurch antes de que amanezca.
-Oh, doctor, ¿a qué se refiere?
-A que posiblemente, no, probablemente, oiremos la campana de alarma de la casa del Juez esta noche.
Y el doctor salió del comedor con la mayor prosopopeya.
Cuando Malcolm llegó a la mansión, vio que era un poco más tarde que los otros dias, pues la señora Dempster ya se habia marchado, puesto que no debia saltarse ningún reglamento de la casa de beneficencia.
A Malcolm le gustó encontrar su estancia limpia y bien dispuesta, con un fuego muy vivaz y la lámpara encendida. La noche era más fria de lo que cabia esperar en abril, y soplaba un fuerte viento que adquiria fuerza por instantes, prometiendo acabar en tormenta.
Durante unos minutos, después de su entrada, cesó el ruido de las ratas; mas tan pronto como se acostumbraron a su presencia, lo reanudaron de nuevo. A Malcolm le agradó oirlas, pues aquel ruido volvió a darle sensación de compañía, y su mente retrocedió hacia el extraño hecho de que sólo callaban cuando la otra, la rata enorme de ojos cargados de odio, aparecia en el sillón. La lámpara de lectura estaba encendida y su pantalla verde mantenia el techo y la parte superior de la habitación en la oscuridad, de modo que la amable luz del hogar que se extendia por el suelo y reluda sobre el mantel blanco de la mesa, colocado a uno de sus extremos, resultaba cálido y alentador. Malcolm sentóse a cenar con buen apetito y alegre ánimo. Después de la cena y tras fumarse un cigarrillo, sentóse a trabajar, dispuesto a no permitir que nada le molestase, pues recordaba su promesa al doctor. Por tanto, estaba decidido a aprovechar el tiempo de que disponía del mejor modo posible.
Trabajó durante una hora, y luego sus pensamientos se desviaron de los libros. Las circunstancias que le rodeaban, las llamadas hacia su atención física, y sus susceptibilidades nerviosas eran innegables.
El viento se había convertido ya en una galerna, y la galerna en una tormenta. La vieja casa, pese a su solidez, se extremecía hasta sus cimientos, y la tormenta rugía y gemía a través de las innumerables chimeneas y los extraños tejados, produciendo raros sonidos en los cuartos y corredores vacíos. Incluso la gran campana de alarma del tejado padecía la fuerza del viento, pues la cuerda subía y bajaba levemente. Como si la campana se moviese de cuando en cuando. Y el extremo de la cuerda caía hacia el suelo con un sonido sordo y hueco.
Mientras Malcolm prestaba atención al ruido de la tormenta, recordó las palabras del doctor: «Es la cuerda que el verdugo usaba para todas las víctimas del rencor judicial del Juez.»
Malcolm se dirigió a la chimenea y cogió la cuerda entre sus manos para examinarla. Parecía sentir un gran interés por ella, y por un instante se perdió en especulaciones respecto a qué víctimas se habría referido el doctor, y al malévolo deseo del Juez de conservar tan malvada reliquia delante de sus ojos. De vez en cuando, el balanceo de la campana seguía elevando y bajando la cuerda. De pronto, Malcolm notó una nueva sensación, una especie de temblor de la cuerda, como si algo se moviera a lo largo de la misma.
Levantando instintivamente la vista, el joven vio a la gran rata que descendía poco a poco hacía él, mirándole con extraña fijeza. Dejó caer la cuerda y retrocedió, musitando una maldición, y la rata trepó de nuevo por la cuerda y desapareció. En el mismo instante, Malcolm tuvo conciencia de que las ratas volvían a alborotar, después de haber callado por algún tiempo.
Todo esto le hizo meditar. Pensó que no había investigado el escondite de la rata, ni examinado los cuadros, como intentaba hacer. Encendió, por tanto, la otra lámpara sin pantalla, y manteniéndola en alto, se colocó delante del tercer cuadro, a mano derecha de la chimenea, por donde había visto desaparecer a la rata la noche anterior.
Al primer vistazo retrocedió con tanta rapidez que casi dejó caer la lámpara, y por su semblante se extendió una intensa palidez. Le temblaban las rodillas, y de su frente caían grandes gotas de sudor. Todo su cuerpo temblaba como un álamo. Pero era joven y animoso, y no tardó en recobrarse. Tras una pausa de varios segundos, avanzó de nuevo, levantó la lámpara y examinó el cuadro, ya sin polvo ni mugre.
Representaba a un juez ataviado con su toga y el armifio. Su rostro era duro, implacable, malvado, vengativo, con una boca sensual, una nariz ganchuda de color rojizo, y en forma de pico de ave de presa. El resto de la cara tenía un color cadavérico. Los ojos mostraban un brillo peculiar, con una terrible expresión de malignidad. Al contemplarlos, Malcolm quedóse helado, pues acababa de observar unos ojos iguales a los de la enorme rata. La lámpara estuvo a punto de escurrirse de entre sus manos, al divisar a la rata atisbando a través de un agujero del cuadro. Observó distraídamente que las demás ratas estaban completamente calladas. Sin embargo, trató de reanimarse y prosiguió con el examen de la pintura.
El Juez estaba sentado en un gran sillón de madera de roble, a mano derecha de una chimenea de piedra donde, en un rincón, colgaba del techo una cuerda, con el extremo enrollado en el suelo. Con una gran sensación de horror, Malcolm reconoció su propia estancia, y miró en torno suyo como esperando ver al Juez detrás de él. Luego, miró hacia el rincón de la chimenea... y tras lanzar un alarido, la lámpara se le cayó al suelo.
Allí, en el sillón del Juez, colgando detrás la cuerda, estaba sentada la rata que poseía los odiosos ojos de aquél, intensificados ahora por una expresión sumamente malvada. Aparte de los aullidos de la tormenta, reinaba un silencio absoluto.
La lámpara caída le sirvió a Malcolm para recobrarse en parte. Afortunadamente era de metal, por lo que el petróleo no se había derramado. Sin embargo, la necesidad práctica de levantarla sirvió para calmar las nerviosas aprensiones del joven. Cuando la hubo cogido,se enjugó la frente y meditó un momento.
-¡Esto no puede continuar! -murmuró atropelladamente-. Si sigo así, acabaré volviéndome loco. ¡Esto ha de terminar! Le prometí al doctor que no tomaría el té. ¡Hay que tener fe, él tiene razón! Tengo los nervios desquiciados por el estudio. Es gracioso que no me hubiese dado cuenta. Sin embargo, ahora lo sé, y no volveré a cometer locuras.
Mezcló un vaso de coñac con agua y, tras apurarlo, volvió resueltamente a su trabajo.
Llevaba casi otra hora de estudios, cuando levantó la vista del libro, perturbado por el súbito silencio. Fuera, el viento aullaba y gemía cada vez con más fuerza, y la lluvia caía y golpeaba contra las ventanas, tamborileando como granizo; pero dentro de la casa no había el menor sonido, aparte del clamor del viento y las gotas de lluvia que siseaban al caer por la chimenea. El fuego estaba ya mortecino, y no llameaba, aunque todavía ofrecía un resplandor rojizo.
Malcolm prestó oído atento, y al fin oyó un ruidito débil, casi inaudible. Procedía del rincón donde colgaba la cuerda, y le pareció oír también el crujido de aquélla contra el suelo al moverse la campana en el tejado a causa del vendaval. Sin embargo, al levantar la vista distinguió en la penumbra a la gran rata, pegada a la cuerda, royéndola... Malcolm, incluso vio algunas hebras ya sueltas. Fue entonces cuando la rata terminó su labor, y el extremo roído de la cuerda cayó sobre el suelo de roble, mientras por un instante la rata continuaba como unida a aquel extremo de cuerda, empezando a moverse atrás y adelante.
Malcolm experimentó una punzada de terror al pensar que ya no le cabía posibilidad de pedir ayuda exterior. De pronto, experimentó una intensa furia y, cogiendo el libro que estaba estudiando, lo arrojó con todas sus fuerzas a la rata. El lanzamiento estuvo bien calculado, pero antes de que el proyectil alcanzara a la rata, ésta se dejó caer al suelo con un golpe sordo. Instantáneamente, Malcolm corrió hacia allí, pero el animal huyó y desapareció en la oscuridad de la habitación. El joven comprendió que por aquella noche se había concluido su trabajo, y decidió aliviar la monotonia de su existencia dando caza a la rata, por lo que cogió la gran lámpara verde con fin de obtener un radio de luz mayor.
De este modo, la parte superior de la estancia quedó alumbrada, y bajo el mayor aporte de luz, enorme en comparación con las anteriores tinieblas, los cuadros de las paredes parecieron avanzar osadamente. Desde donde estaba, Malcolm tenía frente a si el tercer cuadro a partir de la chimenea, a mano derecha.
Se frotó los ojos muy sorprendido, sintiendo que se apoderaba de él un terror indefinible. En el centro del cuadro habia un gran agujero de forma irregular, como si alguien hubiese arrancado un pedazo de tela. El fondo continuaba como antes, con el sillón, la chimenea y la cuerda, pero faltaba la figura del Juez.
Malcolm, casi gélido de terror, giró lentamente sobre si mismo, y entonces se echó a temblar como un hombre atacado por mal de san Vito.
Sus fuerzas parecieron abandonarle, y sintióse incapaz de actuar o moverse, incluso de pensar. Sólo podía ver y oír.
Alli sentado en el sillón de roble, se hallaba el Juez con su toga escarlata y su armiño, con sus malévolos ojillos mirando vengativamente, y una sonrisa triunfal en su resuelta y cruel boca, al levantar las manos con un gorro negro.
Malcolm sintió que la sangre abandonaba su corazón, en un instante de prolongado martirio. Le zumbaban los oidos. Fuera, oía el clamor de la tempestad y, a través de aquel estruendo, las campanadas de medianoche en la plaza del mercado. Durante un tiempo que le pareció interminable, estuvo clavado al suelo como una estatua, con los ojos muy abiertos, horrorizados, falto de respiración. Al sonar el reloj, se intensificó la sonrisa triunfal del Juez, ya a la última campanada de medianoche se cubrió la cabeza con la capucha negra.
Lenta y deliberadamente, el Juez se levantó del sillón y cogió el pedazo de cuerda que yacía en el suelo, pasándola por entre sus manos, como gozando con su contacto, y luego, lentamente, empezó a formar un nudo en el extremo. Después, lo apretó y probó con el pie, tirando fuerte hasta que quedó satisfecho; por fin lo convirtió en un nudo corredizo.
Empezó a avanzar a lo largo de la mesa, por el lado contrario a Malcolm, clavados en él los ojos, hasta adelantarle. De pronto, con un rapidísimo movimiento, plantóse ante la puerta.
Malcolm comprendió que estaba atrapado y trató de pensar qué podía hacer. Había cierta fascinación en los ojos del Juez, que no apartaba su vista de él, y al que, por fuerza, se veía el joven obligado a mirar. Vio cómo el Juez se le aproximaba, manteniéndose siempre entre él y la puerta, y levantaba el lazo con la malvada intención de aprisionarle.
Con un enorme esfuerzo, Malcolm se echó a un lado y la cuerda le pasó rozando, chocando contra el duro suelo. El Juez volvió a levantar el lazo y trató de apresarle, siempre con sus odiosos ojos fijos en él, pero una vez tras otra, el estudiante, gracias a un terrible esfuerzo, conseguía esquivar el nudo. Esto sucedió varias veces, sin que el Juez se desanimase nunca por sus fracasos. Más bien parecía que estuviese jugando con Malcolm como el gato con el ratón.
Desesperado al fin, Malcolm miró, acorralado, en torno suyo. La lámpara estaba bien encendida, y en la estancia reinaba una buena iluminación. Malcolm divisó, en todos los agujeros, grietas y resquicios del artesonado, los ojillos de las ratas. Y aquella visión, puramente física, le proporcionó un enorme consuelo. Volvió a tender la vista alrededor y observó que la cuerda que se elevaba hacia el techo estaba poblada de ratas. Estaba completamente cubierta por ellas, y muchas más iban surgiendo por los agujeros del techo. Finalmente, el peso de las ratas hizo que la cuerda se moviera y tocase la campana.
¡Clan... clan! El badajo empezó a chocar fuertemente contra el bronce. El sonido aún era pequeño, pero la campana no tardaría en aumentar sus balanceos.
Al oírlo, el Juez, que tenía los ojos fijos en Malcolm, los levantó, y por su rostro se extendió una expresión de maldad diabólica. Sus ojillos resplandecieron como tizones y pataleó con el pie, con un ruido que hizo temblar la casa.
Cuando volvió a levantar la cuerda, estalló un trueno horrísono, mientras las ratas corrían arriba y abajo de la cuerda, como queriendo trabajar contra reloj. Esta vez, en lugar de arrojar el lazo, el Juez se aproximó a su víctima, abriendo bien el nudo. Al acercarse más, su presencia pareció contener un «algo» paralizante, y Malcolm quedóse rígido como un cadáver. Sintió los helados dedos del Juez en su garganta, al serIe ajustada la cuerda. El nudo se apretó..., se apretó hasta lo indecible. Luego, el Juez, tomando en sus brazos la forma rígida del joven estudiante, lo transportó al sillón de roble, y colocándose a su lado, levantó la mano y cogió el extremo balanceante de la cuerda. En aquel instante, las ratas huyeron chillando y desaparecieron por los agujeros del techo. Tomando el extremo de la cuerda que rodeaba la garganta de Malcolm, el Juez lo ató de nuevo a la cuerda que colgaba del techo, y después empujó el sillón...
Cuando empezó a sonar la campana de alarma de la Casa del Juez, no tardó en reunirse la multitud. Aparecieron luces y antorchas, y la silenciosa muchedumbre echó a correr hacia la vieja mansión. Golpearon fuertemente a la puerta, mas no hubo respuesta. Por fin, lograron hundirla y todos corrieron hacia el gran comedor, encabezados por el doctor.
Allí vieron cómo el extremo de la cuerda de la gran campana de alarma colgaba sobre el cuerpo del estudiante, mientras que en los ojos del Juez, de nuevo en el cuadro, brillaba una maligna sonrisa.
FIN